lunes, 30 de junio de 2014

“Pintar es como escribir un diario de mi vida y otro del país con imágenes”

Entrevista a Diana Dowek


Por Alejandra Rodríguez Ballester

Una multitud en la revuelta. Cuerpos en movimiento, siluetas que se persiguen, caen, arrojan piedras, esquivan palos, entre banderas que flamean y una bruma blanca que envuelve y congela la imagen como si fuese el fotograma de una película. De indescriptible belleza, esta es la tapa del libro “Diana Dowek. La pintura es un campo de batalla”, un libro que permite recorrer, desde sus inicios, la producción de esta artista para quien la propia vida se confunde con los acontecimientos que marcaron la historia del país.
“La pintura, para mí, es como escribir, a la vez, un diario de mi vida y un diario del país en imágenes”, reflexiona Diana Dowek, en su estudio, mientras hojeamos este libro con textos de José  Burucúa, Ana P. de Quiroga y Martina Della Stella, diseñado por Alfredo Saavedra y Esteban J. Rico. Distinguida el año pasado con el Premio a la Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes, la muestra que corresponde a ese premio –Memorias Urbanas- se realiza en estos días en la Casa de la Cultura, del FNA. Tanto el libro como la muestra, fueron curados por Kekena Corvalán, investigadora focalizada en la tarea de las artistas mujeres y su visibilidad.
“En la obra de Diana, me interesa la transformación de la realidad a través de la figuración. Esto de sostener un pincel durante 50 años,  sostener la misma actitud, me conmueve profundamente,” dice Kekena, que contrasta esta postura con la banalización de la imagen muy en boga en cierta producción artística contemporánea. Kekena destaca la relación de la obra de Diana con la fotografía -ella capta la realidad a través de la cámara y después hace una transferencia a la tela-, que trabaja en el límite siempre conflictivo entre pintura y fotografía.
Puede decirse que el libro despliega el devenir de un arte constantemente interpelado por la vida pública y que la muestra revela algo así como el “detrás de escena”, el proceso de construcción de la obra, las lecturas y los bocetos que la sustentan.
“Mi principal preocupación siempre fue cómo encontrar las claves para simbolizar lo que estaba pasando”, dice Diana. Dar vuelta una página es, de pronto, zambullirse en los 60, en la guerra de Vietman y el activismo opositor que también tuvo su expresión en la Argentina.
En relación con cada momento, Diana cuenta una historia de militancia artística: “En el 66 participé del Homenaje a Vietnam, organizado por León Ferrari y en el 67 hicimos la muestra Malvenido Rockefeller,” recuerda mientras contemplamos una imagen muy pop, el cuerpo Raquel Welch en bikini envuelta en la bandera de EEUU, que deja ver en su vientre imágenes de la guerra. Con el paso  de esa década agitada, las preocupaciones por lo internacional fueron dando lugar, de manera excluyente, a lo que pasaba en el país.
“Yo estuve inmersa en el Cordobazo, en el Viborazo. Eran épocas muy fuertes. Las muchedumbres y la insurrección estaban a la orden del día”, cuenta Diana, recordando los actos relámpago que hicieron en Florida y Córdoba, con las fotos de los muertos del Rosariazo, y también el “Contra-salón”, en 1972, para protestar por la censura en el Salón Nacional en 1971. Esa época está reflejada en la serie “Lo que vendrá”, a la que pertenece la imagen de la tapa del libro.  Muchedumbres en lucha, la revuelta plasmada con la técnica del stencil, la técnica urgente de la expresión política, con una impronta cinematográfica.
Más inquietantes y oscuros son los enigmáticos paisajes verdes, fechados en 1976, que encierran secretos ominosos. Es tiempo de dictadura, la expresión se vuelve elíptica y paranoica: en medio del verde, un espejito retrovisor refleja un Falcon, o  un cuerpo muerto. “Quería mostrar un paisaje en el que aparentemente no pasaba nada…”, recuerda Diana.
De esa época provienen las imágenes de cuerpos alambrados, edificios encerrados bajo una trama opresiva,  pero también un alambrado abierto, agujereado. “Llegó un momento en que me había encerrado a mí misma. ¿Si la tela está clausurada cómo hacés para saltar? Y me dí cuenta de que el mismo elemento que encierra puede abrir,” señala, recordando los días en que exponía esos cuadros en la dictadura y esos alambres abiertos eran un llamado a la resistencia: en Santa Fé el público hizo una colecta para comprar el cuadro. En esa época el arte geométrico era el arte oficial –“los artistas viajaban con Videla”, señala- pero Jorge Glusberg hizo un lugar en el Cayc para lo que él bautizó como “La posfiguración”, donde estaban Diana, Norberto Gómez, Alberto Heredia y otros.
La obra de Diana oscila entre mostrar al ser humano y su ausencia. De la década del 90 datan las imágenes de edificios públicos fraccionados, eclosionando, así como las vallas, más recientes, aluden  tanto el intento de represión como a la fuerza de la resistencia. Su producción más reciente, presente en la muestra del FNA, toma a la minería a cielo abierto como tema, y las máquinas cobran protagonismo.
Al final de la entrevista hablamos de los límites de la representación. Diana destruyó obras relacionadas con las heridas del proceso porque traspasaban una frontera. “¿Hasta dónde podés ser cruel?”, se interroga. Y le pregunto si debe haber un límite para la belleza cuando se denuncia una realidad injusta. “Sí, hay una contradicción: si la obra es demasiado bella, el otro se puede quedar en lo estético. Tu forma tiene que ser lo suficientemente bella para atraer al espectador pero lo suficientemente crítica para que no se deje atrapar por el sentimiento. Es lo que decía Brecht, tiene que haber un distanciamiento. Pero debe ser arte. El Guernica es un alegato contra la guerra porque es arte.”

Publicada en Clarín Cultura 2/9/13

 FICHA MUESTRA “Memorias Urbanas”
Casa de la Cultura-FNA
Rufino de Elizalde 2831, CABA
 Martes a domingo, 15 a 20 hs.
Entrada libre y gratuita

Informes: 4808-0553 / 4804-9966

Relatos de la diáspora y nuevas espacialidades

Sobre un cuento de Eduardo Muslip

Por Alejandra Rodríguez Ballester

Introducción
“La literatura como tal cumple una función específica, porque es un discurso que empieza a decir algo después de que los otros discursos institucionalizados han dicho lo que tenían que decir. El escritor, el dramaturgo, es para mí alguien que escucha el inmenso rumor del discurso social que llega a él en forma de fragmentos erráticos, imágenes, frases con la marca de los debates en los que participaron.” Marc Angenot
Tal como lo manifiesta el investigador belga Marc Angenot, la literatura puede ser un lugar privilegiado donde leer los discursos sociales y rastrear determinadas modalidades de lo contemporáneo. En una serie de relatos recientes de escritores latinoamericanos es posible observar la puesta en escena de un recorrido de sur a norte y cierta cualidad de desterritorialización propia de la contemporaneidad. Narraciones como Lord, del brasileño Joao Gilberto Noll, Wasabi del argentino Alan Pauls o el más reciente Phoenix de Eduardo Muslip, entre otros, pueden ser considerados como “relatos de la diáspora” en sentido amplio, ya que tematizan de maneras diversas la cuestión de las identidades y las nacionalidades que mutan, se debaten o se disuelven en ese movimiento migratorio. Son relatos en los que el espacio tiene un rol protagónico, que problematizan la noción de territorio y revelan las dimensiones múltiples y ubicuas que el concepto de espacio puede traer aparejadas en la actualidad. Los textos citados comparten, además,  la particularidad de poner el foco en las migraciones en el campo académico, de intelectuales, escritores o estudiantes universitarios.
El presente análisis se centrará en “Cartas de Maribel”, primer relato de Phoenix de Eduardo Muslip, compuesto por cuatro cuentos que narran la experiencia de un joven docente argentino en esa ciudad norteamericana. La unidad temática del libro está dada por la experiencia del narrador como residente en la Universidad de Arizona, en  la ciudad de Phoenix, y por el viaje o el deseo del viaje condensado en el mapa, que es tema del último relato, Air France.
Ya desde el título, Phoenix pone el acento en el espacio, en la ciudad como condensado de la cultura, tema que enfatiza la ilustración en la tapa del libro, que superpone rectas en un plano, una fotografía aérea, una autopista y la sombra de un avión proyectada en el desierto.
La imagen del avión en la tapa, como el mapa de Air France que es objeto de deseo del narrador en el último relato de Phoenix, parece representar cierta utopía contemporánea de ubicuidad constante y posibilidad de desplazamiento infinito.
Phoenix podría considerarse como el modelo de la nueva ciudad estadounidense, surcada por una red de autopistas que unen urbanizaciones y centros comerciales. Como señala Michel Foucault (De los espacios otros, 1967) “estamos en un momento en que el mundo se experimenta, menos como una gran vida que se desarrolla a través del tiempo que como una red que une puntos y se entreteje”. En el plano de la arquitectura contemporánea, quizás nada representa de manera más gráfica esa “red” de puntos interconectados que las modernas autopistas norteamericanas, que unen emplazamientos distantes y aislados entre sí.
En el primer relato de “Phoenix”, “Cartas de Maribel”, esos puntos en la red son las ciudades de Buenos Aires, Nueva York, Miami, Medellín y Phoenix misma, una red de ciudades, no de países ni naciones, los espacios de referencia y/o pertenencia del narrador y de la estudiante colombiana que da título al relato.
A través del personaje de Maribel y las reflexiones del narrador, el relato va trazando paralelos entre las culturas de esas ciudades, las oposiciones entre ellas, los conflictos de los migrantes, el “equipaje” simbólico que cada uno se lleva de su cultura o de sí mismo por más que migre. A medida que muestra y describe al personaje de Maribel, el relato despliega un mundo que resulta nuevo para el narrador. La vida de Maribel parece representar la de muchos migrantes latinoamericanos, devenidos “latinos” en Nueva York, con sus familias y afectos dispersos, permanentemente “en viaje”. Un padre narco y amigos “latinos” en problemas con la ley por cuestiones de drogas son parte de ese universo abigarrado que el narrador observa y con el que intenta establecer nexos y comparaciones.
Las formas de sociabilidad que se revelan en este universo de migrantes ponen de manifiesto identidades y pertenencias que no tienen que ver con lo local y que están signadas por la movilidad. Tal como consideran Amin y Thrift en Cities. Remaining the urban, “el tejido familiar, de clan, las conexiones étnicas en la diáspora permiten montar circuitos de migración y movilidad subsecuente (en contraste con las viejas migraciones)”. El hogar ya no tiene que ver con el propio lugar, sostienen estos autores, sino con locaciones: “algunas son sitios alrededor del mundo pero otros son relaciones e imaginarios de diferente clase, que también contribuyen a la comunidad”. Estamos ante una sociabilidad móvil “cuya característica es que puede y, de hecho, se realiza a través de las distancias”.  El caso de los migrantes es un ejemplo extremo de algo que sucede en otros ámbitos sociales de la ciudad contemporánea: la progresiva separación de la organización social del espacio (Amin y Thrift: 2002).
El relato de Muslip tematiza la condición de desterritorialización de la vida contemporánea, la cualidad del espacio y los lugares más que como sitios duraderos “como momentos de encuentro, no fijos en tiempo y espacio, sino como eventos variables, y flujos de interrelación”  (Amin y Thrift: 2002).
Según Appadurai en La modernidad desbordada, “podríamos hablar de diásporas de la esperanza, diásporas del terror y diásporas de la desesperación. Pero en todos los casos, estas diásporas introducen la fuerza de la imaginación, ya sea como memoria o deseo, en la vida de mucha de esta gente, así como en mitografías diferentes a las disciplinas del miedo y el ritual de corte clásico. Aquí la diferencia fundamental es que estas nuevas mitografías pasan a convertirse en estatutos fundacionales de nuevos proyectos sociales”.
En el cuento de Muslip, esas mitografías parecen asociadas a la idea de progreso del sueño americano, el deseo aparece proyectado hacia el futuro como “proyecto”, un proyecto que parece siempre postergado, en el caso de Maribel;  clausurado y vuelto mera “fantasía”, en el de los amigos presos. La memoria reaparece una y otra vez en las cartas de los amigos y las fotografías de familiares que Maribel lleva consigo.
Heterotopías antagónicas
Frente a la desterritorialización y la movilidad del espacio que el cuento de Muslip pone de manifiesto, aparecen recortados muy nítidamente ciertos universos autónomos –que aquí actúan como un sistema- que poseen la cualidad de heterotopía (Foucault, 1967): lugares reales con cierta calidad utópica, lugares – otros separados de la ciudad y cerrados en sí mismos.
La universidad  norteamericana –el espacio que da sentido al viaje- funciona como una heterotopía contemporánea, un universo cerrado de reclusión en aras de la formación académica; la meca de los estudiantes latinoamericanos, el sitio que les dará las credenciales para circular por la red académica global, el lugar de los “proyectos”-tan mencionados por Maribel-, de la conformación del futuro personal.  Tal como interpreta el narrador, para esta estudiante “latina”, nacida en Nueva York de padres colombianos, la universidad representa “una fantasía de erudición, inteligencia, clase” (Muslip, p. 47), un sitio que le permite “salir del barrio”: quizás por esa atribución de excesivo valor, comenta el narrador, ella no puede nunca concretar sus propósitos, terminar sus estudios. Por otra parte, el mismo narrador esboza un sentimiento de debilidad o exclusión frente a la fuerza simbólica de esa heterotopía universitaria: “Creo que estoy más cómodo en la universidad pero también intuyo que ese lugar no me corresponde del todo”, comenta.  El relato muestra a la universidad norteamericana como un espacio hipotéticamente abierto o igualitario, donde sin embargo, las minorías no dejan de sentir cierta inadecuación, cierta carencia en sus posibilidades que vuelve precario el proyecto mismo, como una perpetua amenaza de disolución.
En las antípodas de esa heterotopía positiva que es la universidad, la cárcel aparece enfrentada, como una heterotopía de la desviación, institución biopolítica de la ciudad. En este sentido, el relato plantea una situación sin salida para los inmigrantes: “Los que crecen en mi barrio, insistía Maribel, es muy fácil que terminen en la cárcel. Y eso les mata sus proyectos, les arruina la vida. (…) Al hojear las cartas de los chicos de la cárcel, lo que más se veía eran proyectos. Proyectos explicados con detalle y convicción. Estudiarían, empezarían un negocio. “Fantasías”, evaluaba Maribel, cortante”. La cárcel es el reverso oscuro del sueño americano, el lugar de la cancelación del tiempo –del no futuro- y los proyectos.
Frente a estas heterotopías se configura un espacio de límites menos precisos pero omnipresente y ubicuo. Se trata del desierto, el espacio donde está enclavada Phoenix, que a la vez funciona como el territorio de la irrealidad y de la imaginación, un espacio fuertemente simbólico. “El desierto es el mejor lugar para escuchar voces ya separadas de la materia de los cuerpos, sin relación de lugar o de tiempo”, afirma el narrador. El desierto es una presencia inmaterial, desterritorializada; el protagonista no lo recorre ni siquiera lo contempla ni lo describe, pero se sabe aislado en su inmensidad como en el espacio sin límites de la fantasía y la memoria. De fuertes connotaciones por su relación con otros textos de la cultura, desde la road movie norteamericana, hasta el éxodo bíblico, el desierto, que es el lugar del tránsito y del peregrinaje, es un espacio cargado de sentido en este relato sobre migrantes. Es, a la vez, el lugar de la interioridad, la trascendencia y la alucinación, el ámbito donde se despliega la sensibilidad,  la creatividad y la ficción.
Migrantes, voces, tecnologías
“Las migraciones en masa (ya sean voluntarias como forzadas) no son un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad. Pero cuando las yuxtaponemos con la velocidad del flujo de imágenes y sensaciones vehiculizados por los medios de comunicación de masas, tenemos como resultado un nuevo orden de inestabilidad en la producción de las subjetividades modernas”, considera Arjun Appadurai.
En ese espacio recortado de lo cotidiano que es la universidad, en el espacio simbólico del desierto, resuenan las voces y se yuxtaponen las imágenes del mundo de Maribel y del mundo del narrador. En la lejanía de Phoenix, esas voces e imágenes aparecen a través distintos dispositivos tecnológicos: el celular, los mensajes de texto, el contestador automático, las fotografías, el e-mail, las cartas.  
La tecnología es la forma de comunicación entre esos espacios distantes, esas ciudades por las que circula la vida de los migrantes, los amigos y la familia dispersa de Maribel. “…podía estar con su celular en el living de nuestro departamento, en un pasillo de la universidad, en el supermercado, en la calle o en un auto, y hablaba por un buen rato. Aparecían entonces tonos de voz que yo ya le conocía y muchos otros que nunca le escucharía en otras instancias: inflexiones tiernas, ásperas, susurros, risas, gritos, súplicas, llanto, extrema ligereza o tremendo dramatismo.”
Pero lo digital también resulta una herramienta que frustra o impide la comunicación: la protagonista no contesta los mensajes, cambia de celular, tiene llena la casilla del email o cambia de dirección electrónica. La dificultad de la comunicación también se plantea en relación con la escritura y con la tarea intelectual: no encontrar la forma de comunicar implica, para el narrador, demorar proyectos de escritura o dejarlos truncos.
Dotadas de mayor materialidad, las fotografías tienen el poder de yuxtaponer en el espacio imágenes de seres imposibles de reunir geográfica o afectivamente: “las tres personas estaban sólo unidas por las pequeñas bisagras del portarretrato y el afecto de Maribel”.
Pero son las cartas, anacrónicas como soporte comunicativo, las que tienen un lugar central en este relato. Son cartas que la protagonista lleva consigo a todas partes -para esconderlas de su novio- y que deja por un tiempo al cuidado del narrador. Están escritas por sus amigos colombianos,  presos en cárceles de Estados Unidos, en Chicago, Nueva York o Florida, por venta de drogas. Eso explica el anacronismo: privados de internet o celulares, el único modo de comunicación de los presos es epistolar, a través de cartas, que, como observa el narrador, tienen una “insuficiencia”: faltan anécdotas, referencias a la cárcel misma, a los compañeros o a los guardias, porque son cartas sometidas a censura. Como señala el narrador, “pocos objetos parecían poder evocar un mundo como esa carpeta de cartas”, que empiezan a tener para él un interés particular, por su potencial evocativo y narrativo.
Las cartas, las fotografías, son objetos valiosos en la diáspora porque recuerdan al ausente. En este relato las cartas se atesoran -como las del padre narco, que escribe a su hija desde la cárcel desde los diez años de Maribel hasta los veintiuno- pero también se pierden. La inconstancia y la superficialidad del personaje amenaza con diluir los “proyectos” y se refleja en estas pérdidas. Frente a la materialidad de su novio Larry -“fuente de calor, autoridad, dinero”-, lo inmaterial de los recuerdos, los afectos, los “fantasmas” de esos chicos presos, se diluyen. Como también parece diluirse la identidad de Maribel misma, y la del narrador.
 “Mientras miraba a Maribel preparando todo para irse, tuve la convicción de que estábamos destinados a la pérdida. Lo que yo traía de Argentina, mis recuerdos, todo, estaba destinado a perderse porque no iba a encontrar la manera de comunicarlo. Pensé en las cosas perdidas en la casa de la madre de Maribel, las cartas del padre, las de la amiga argentina…”.
En la última escena, el narrador sueña con Maribel y un mensaje grabado en una cinta magnetofónica que se enreda y se pierde sin remedio. El relato confronta distintos soportes de conservación y reproducción técnica de los mensajes y las imágenes, incluso el sueño se narra como si fuese una película: “en mi sueño yo veía un primer plano de la belleza de Maribel hablándole a la cámara”.
Pese a la abundancia de soportes y tecnologías, estos se representan como efímeros e incapaces de garantizar el resguardo de la memoria, una precariedad que, por otra parte,  es constitutiva de los nuevos soportes digitales. La amenaza de desmemoria y de pérdida de los objetos con valor afectivo tiene una fuerte carga dramática en el relato (el narrador pone el acento allí donde la protagonista parece preferir el no saber). La superficialidad en las relaciones puede asociarse con cierto rasgo de época señalado por Zygmunt Bauman, para quien los vínculos humanos precarios son característicos de la “modernidad líquida”. Una superficialidad que, en este relato, se traduce en inconsistencia y en pérdida personal: los afectos se diluyen, las cartas se pierden, los proyectos individuales no se concretan. Seducidos por las promesas de la ciudad global, los latinoamericanos migrantes terminan resultando víctimas de una sociedad desigual. Para los hombres, la  precariedad y la marginalidad parecen difíciles de eludir. Para las mujeres, los resabios de la sociedad patriarcal entran en contradicción con el modelo de mujer moderna y universitaria que la sociedad a la que quieren pertenecer dibuja para ellas. En la mirada extrañada del narrador argentino que Muslip pone en escena, estos latinoamericanos devenidos “latinos” muestran las grietas de una identidad híbrida que no llega a conformarse del todo y que no parece lograr eludir su destino de exclusión. Sin embargo, así como es cambiante y móvil el paisaje de estas sociedades también estas identidades se perciben en tránsito, capaces de cruzarse e influirse unas a otras en un devenir abierto, sin clausura.

Buenos Aires, 2011

Bibliografía
Appadurai, Arjun (2001). La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. México: FCE, 2001.
Amin,  Ash y Trift, Nigel (2002). Cities. Remaining the urban. Cambridge: Polity Press, 2002.
Angenot, Marc (2010). “Los límites de la persuasión”. Revista Ñ, 11 de noviembre de 2010.
Barbero, Jesús Martín (1991) “Dinámicas Urbanas de la Cultura”. Revista Gaceta de Colcultura N* 12, Ed. Instituto Colombiano de Cultura, diciembre de 1991.
Bauman, Zygmunt (2002). Modernidad líquida. Buenos Aires: FCE, 2002.
Foucault, Michel (1967). “De los espacios otros”. Architecture, Mouvement, Continuité, n° 5, octubre de 1984. Trad.: Pablo Blitstein y Tadeo Lima.

Muslip, Eduardo (2009). Phoenix. Buenos Aires: Malón editorial, 2009.